Era una noche fría. Las gélidas temperaturas habían llegado puntuales a las puertas del inicio del invierno astronómico. La verdad es que su cuerpo le decía que estaría mejor en casa, con los suyos, sin salir. Seguro que no sólo estaría más calentito, sino además más tranquilo físicamente y cómodo mentalmente. ¡Qué pereza!

Pero tenía que ir. Como directivo y miembro del equipo de dirección de su compañía tenía que acudir a la cena de navidad que como cada año celebraba su equipo.

Su responsabilidad como director financiero se remontaba a más de diez años cuando su organización vivía un momento de expansión y crecimiento que la habían posicionado como una de las compañías líderes en su sector. Se trataba de una empresa de servicios que había visto truncada de forma repentina su fulgurante crecimiento económico. Con la maldita e innombrable crisis todo había cambiado a partir del 2008. Los proyectos cancelados por sus clientes iban aumentando, primero en cuentagotas, y después a grifo abierto.

El director general de la compañía, que hasta ese momento disfrutaba cómodamente de su posición, empezó a sentir una gran presión para buscar rápidamente líneas de acción estratégicas que pudieran sacar de esa situación a la empresa. Se optó por poner en marcha muchas medidas, entre las cuales la más dolorosa fue la reestructuración de personal. La austeridad más acérrima se instaló en todas y cada una de las áreas de la organización. Se suprimió cualquier proceso de incorporación, se canceló el plan de formación y desarrollo de la compañía y cada gasto de oficina que se realizaba se tenía que justificar con la firma del responsable superior inmediato y, a su vez, el manager de éste.

Y con todo este panorama, él, nuestro director financiero, se encontraba en un momento de su carrera donde había tenido que lidiar en primera persona con toda esta presión y sufrimiento. Además, muy a menudo se sentía el malo de la película, y así se lo comentaba a los demás cada vez que les presionaba con los reportings y con las medidas para controlar el gasto. Eran ya varios años y empezaba a notar el desgaste físico y emocional dentro del equipo directivo.

Así que, sin mucho espíritu navideño en el cuerpo, y con un semblante propio de asistir a una procesión más que mostrando alegría por ir a una cena de celebración, recogió del perchero su abrigo, se despidió con un beso de su mujer y de sus dos pequeños, y se marchó de casa.

Una historia de navidad 2

Llegó al restaurante donde se celebraba la cena. Allí iban llegando, uno a uno sus ocho compañeros del equipo directivo. Se iban saludando unos a otros de forma ceremonial, lo cual no dejaba de ser divertido ya que muchos estaban compartiendo oficina un par de horas antes. En todo caso se respiraba armonía y cortesía. Incluso se hacían bromas sobre el tiempo y sobre la situación de su compañía.

Pero la mayoría de las cabezas, e incluso los corazones de aquellas personas, sabían que estaban jugando a poner buena cara y mostrarse a los demás con cordialidad y con una alegría artificial. Se tenía que pasar esa velada de la mejor manera posible, y si no se podía disfrutar al cien por cien, al menos no sufrirla más de la cuenta. Pero esto no iba a ser nada fácil. Entre el equipo había personas que tenían una relación mutua tensa y la comunicación entre ellas era más bien escasa. Era el caso de la directora de producción que tenía sus más y sus menos con el director técnico. Pero también el director de calidad estaba pasando un año muy complicado y parte del equipo directivo se mostraba distante con él a causa de un episodio con un cliente.

El director de IT, por su parte, estaba pasando una época de mucha preocupación ya que no estaba nada clara la situación de su área dentro de la compañía porque el grupo multinacional al que pertenecían quería reestructurar su función a nivel europeo integrando recursos de varias localizaciones. Y tanto la directora del área comercial como el director de compras y logística se estaban resituando después del cambio de funciones y responsabilidades que les habían comunicado durante el segundo trimestre del año.

Por su parte, la persona que ocupaba la dirección de recursos humanos, que por naturaleza era positiva y muy jovial, últimamente estaba perdiendo su chispa al ver como tenía que tomar y ejecutar decisiones muy impopulares. Asimismo sentía que no podía dedicarle el tiempo y los recursos que le gustaría para desarrollar a los empleados de su organización.

La cena de navidad, pues, era la excusa perfecta para poder aumentar la cohesión entre los miembros del equipo y poder coger energías para el año nuevo que estaba a punto de empezar. Eso al menos era la intención y el deseo del director general que apostó por mantener este acto en el calendario.

Pero la cena transcurría y la cosa no iba tal como era de esperar. Después de mucha contención emocional y de muchos minutos de espera por ver si algún rayo de fraternidad e ilusión iluminaba esa mesa de nueve comensales, pasó algo inesperado.

Sin saber cómo empezar y que decir, el director general comentó a sus compañeros de equipo cuál era su sentimiento en aquel momento. Compartió con ellos su sensación de tristeza y abatimiento por ser testigo de lo que a ese equipo le estaba pasando. Y mostró incluso la impotencia del que no sabe ni el qué, ni el cómo hacerlo. Fue un momento de auténtica transparencia donde un lamento sincero se convertía en una invitación para despertar de un mal sueño.

Y después de sus palabras, hubo un silencio. Un silencio largo. Seguro que más largo del que cualquiera de los integrantes del equipo le hubiera gustado sostener. Una ausencia de palabras acompañada de miradas perdidas, cabezas cabizbajas y suspiros de asentimiento. No fue para nada un silencio agradable. Pero lo que sí provoco ese silencio fue el amanecer para un equipo con un potencial extraordinario pero que había estado adormecido y anestesiado durante mucho, demasiado, tiempo.

Nuestro amigo el director financiero, fue el primero en romper el silencio. Pero más que romperlo lo integró con sus palabras que iban brotando poco a poco y tampoco sin guión previo. Les comentó a sus compañeros sus pocas ganas de asistir a esa cena, y los motivos que le hacían sentirse tan distante de ellos en estos momentos. Les explicó también sus sentimientos vividos en los últimos años e incluso sus miedos y preocupaciones respecto a un futuro incierto y juguetón.

Sus compañeros no daban crédito a lo que oían y podían ver reflejado en la cara del director financiero. Era como conocer a otra persona. Otra naturaleza humana. De hecho un ser que también habitaba en él y que daba sentido a su cara más conocida.

Y a continuación, uno a uno, fueron hablando el resto de miembros del equipo. Con una soltura y una fluidez jamás vistas en los momentos en los que ese equipo se reunía, cada uno de ellos se daba el permiso para mostrar aquello que existía en su interior y no se habían atrevido a mostrar antes. Aquello que la cabeza había estado tanto tiempo disimulando pero que el corazón padecía.

Fue realmente mágico. Un momento que seguro marcaría un antes y un después en ese equipo. La valentía al mostrar la cara más vulnerable, la potente escucha que sujetaba cada intervención, y la generosidad para construir un nuevo futuro compartido olvidando lo vivido, fueron los ingredientes de una receta anhelada por todos: convertirse en un verdadero EQUIPO.

Una vez acabada la cena, y después de alguna copa de propina en un local cercano, nuestro amigo el director financiero cogió un taxi para volver a casa.

Recogido en el silencio de la noche y observando las calles solitarias de su ciudad, pensaba en lo afortunado que había sido al haber asistido a la mejor cena de empresa de navidad de su vida.

Enric Arola